La pena de prisión: limpiando la sangre con más sangre

Por María Gregorio

“Un alegato en favor del antipunitivismo y en contra de la cultura del castigo”

Cuando decidí tratar el antipunitivismo como trabajo final dentro del curso Vivas nos queremos III, del Aula Nociones Comunes; lo elegí porque creo que es una de las cuestiones más controvertidas en el debate social actualmente.

Encontrar miradas antipunitivistas no es fácil, no es una postura popular y ni sencilla de defender y aún menos en la sociedad actual en la que ha calado de manera brutal la cultura del castigo. Además, el populismo punitivo cuenta con la inestimable ayuda  de los principales medios de comunicación que se encargan de hacer un seguimiento amarillista y carente de escrúpulos y ética periodística cada vez que ocurre un delito.

Así, vivimos en una sociedad en la que la cultura del castigo y la venganza prima sobre cualquier otra perspectiva. Son muchos los casos en los que ante graves comportamientos delicitivos (violaciones, asesinatos) vemos cómo se argumenta en favor del aumento de las penas como solución eficaz para estas situaciones, se ensalza el sentimiento de venganza y los derechos fundamentales y el objetivo previsto en la Constitución española de reinserción y rehabilitación del preso, queda relegado a un lugar invisible.

Creo que la primera reflexión que se debe hacer es que la justicia no debería estar inspirada en el sentimiento de odio y de venganza; una cosa es que sea lícito que la víctima de un delito o el ciudadano pueda sentirlos y otra querer trasladarlos al sistema penitenciario y judicial para que sean las motivaciones que determinen y justifiquen las penas a imponer.

En segundo lugar, sería conveniente admitir la ineficacia de la pena de prisión para poder dar cumplimiento al fin último de esa pena, que es la rehabilitación del recluso. A pesar de la imagen divulgada entre la sociedad, la prisión no es ese lugar cómodo, seguro y gratuito que figura en la imaginario popular.

Lejos de esa creencia, el ingreso en prisión supone un hecho traumático para los presos,  la prisión es un lugar donde las personas desarrollan un sufrimiento intenso, donde son sometidos a un tratamiento despersonalizador y de infantilización, que provoca un desarrollo en quien la habita sentimientos de odio y venganza. Un ambiente en el que se dispara el desarrollo de enfermedades y transtornos mentales, de hecho, según el Informe de Sanidad Penitenciaria de 2010 reveló que el 40% de la población reclusa padecía algún tipo de enfermedad mental; y que, además, resulta incompatible como derechos fundamentales como el libre desarrollo de la personalidad, o la dignidad.

No se trata de considerar a un preso una especie de alma caritativa,  sobre la que sólo cabe compadecerse; se trata de asumir una realidad como es que el actual sistema punitivista no es eficaz y no cumple con sus cometidos fundamentales. Se trata de sentirnos interpelados como sociedad, y dejar de considerarnos ciudadanos individuales a los que esta cuestión les es ajena, al concebir al delincuente como una especie de ser monstruoso que no tiene nada que ver con nosotros.

Además, el sistema penitenciario actual tampoco es eficaz con la víctima, el populismo punitivo actual se dedica a ensalzar a la víctima en lo que les beneficia para posteriormente olvidarla en aquello que es fundamental para ella, como es ser escuchada, acompañada a lo largo de proceso judicial, que se reconozcan los hechos y su sufrimiento y estudiar las posibilidades para que esa persona no termine insatisfecha y frustrada y “unida” al agresor por un sentimiento profundo de odio.

Frente a la situación actual, hay alternativas reales y eficaces; frente al populismo punitivo hay que apelar a la justicia restaurativa, una justicia por la que se reconozcan los hechos delictivos cometidos, que no ponga en duda a la víctima como vemos ante los casos de violaciones, que llame a las cosas por su nombre “no es abuso, es violación”, y que la conducta delictiva reciba el reproche social que merece; son medidas mucho más efectivas que la pena de prisión, y respetuosas y eficaces para con la víctima.

La persona que comete un delito debe entender y hacerse responsable del daño que ha provocado, y con ello, estar dispuesto a repararlo, recibir una reeducación efectiva con personal especializado y suficiente, comprobar que su comportamiento es reprobado en toda la sociedad; así como, poner en marcha medidas que faciliten la reinserción real en la sociedad, facilitando el acceso al trabajo, y al conjunto de acciones que permitan el libre desarrollo de la personalidad  y que evite la reiteración en los comportamientos delictivos. 

Y aquí todos tenemos cosas que hacer y que repensar, como sociedad debemos ser conscientes que el sistema actual reproduce sistemáticamente la violencia, dejar de considerar los delitos como comportamientos aislados que no guardan relación con nuestras formas actuales de vida, en las que se deja fuera a gran parte de la población, que es explotada e invisibilizada; favoreciendo una concepción individualista de la vida en la que se olvida al resto de personas que la forma y en la que cada individuo nos dedicamos a vivir y preocuparnos de nuestra pequeña parcelita; la vida debe ser repensada en común, interpelándonos a todos como ciudadanos corresponsables de lo que en ella ocurra.

Es completamente absurdo e ineficaz pretender eliminar la violencia con más violencia; y el camino  para conseguir otras realidades nunca será la indiferencia.