Una clínica de lo común

 

Por Gabriela Etcheverry

Lo que sigue a continuación es el resultado del tránsito por el curso Malestar social, (des)politización y psicologías críticas, y tiene como horizonte ensayar algunas reflexiones acerca del trabajo clínico que realizamos. Usamos la idea de ensayo en el sentido planteado por De Brasi (2013).

(...) un viaje de descubrimiento realizado sobre un camino escritural, sea alfabético, pictórico o musical. Dicho camino no preexiste al acto de su trazado, de su escritura misma. Está lleno de señales claras y equívocas, de cursos metódicos atentos a las derivas que salen al paso, de necesarios desvíos y riesgosos despistes, de llanuras que posibilitan aceleraciones libre y montículos rugosos que retardan la marcha, de ocurrencias logradas e improvisaciones con ritmo propio.(...) un ensayo podría transformarse en el ejercicio paradójico de una libertad esclava de sí misma. Autonomía ética, estética y política, pero, sintónicamente, dependencia presente de los antiguos intentos y concreciones inaugurales, con las que está más ligado cuando menos lo sabe. (p. 26).

Asimismo nos disponemos a poner en juego una experiencia a los efectos de que circule en un espacio público.

A propósito del título, emergen unas primera interrogantes: ¿Cómo la clínica? ¿Cuál/es clínica/s? ¿Cuáles son las conexiones posibles entre clínica y común? ¿Para qué conectarlas? Tales interrogantes funcionarán como organizadores del ensayo.

  1. El colchón.

En este apartado entendemos necesario establecer eso que permite recostarse y que funciona como soporte: una noción de clínica que nos permite significar la experiencia.

Se trata de una clínica que se apoya en la idea de clinamen (Rodríguez, 2004), es decir como experiencia de desvío. El propósito es bifurcar un recorrido de la vida tal y como viene siendo vivida, y crear nuevos territorios existenciales (Guattari, 1990), nuevos paisajes habitables. Una clínica en el resguardo de una experiencia singular, no generalizable ni con mayúscula; una clínica que no se reduce al movimiento de inclinarse sobre el lecho del doliente o a una actitud de acogimiento de quien demanda tratamiento sino una acción que permite el  despliegue de la potencia (Spinoza, 1980).

Dice Baremblitt (1997) que hay una acción clínica cuando “Voluntades de ayuda” (según una redefinición de la idea de Nietzsche) plasman subjetividades que se encuentran para auxiliarse, es decir, dispuestas a localizar y demoler todo aquello que entorpece su acoplamiento productivo. No sólo en consultorios o salas de hospitales; también en bares, plazas, esquinas: en el umbral de una puerta, en el marco de una ventana, en un pasillo estrecho. Cuando el deseo de hablar irrumpe, ese momento y ese lugar, no equivalen a cualquiera: hacen lugar para lo que no tiene lugar (Percia, 2017) y celebran hospitalidades.

  1. La experiencia.

Se trata de espacios de clínica grupal destinados a adultos, que se realizan en el marco de la atención que brinda la Facultad de Psicología de la Universidad de la República (Montevideo, Uruguay). Son coordinados por una dupla de coordinación-observación,  (docentes/terapeutas), y forman parte de un dispositivo que integra la formación de estudiantes de grado, la investigación y la atención.

La experiencia, que lleva más de 10 años, nos presenta la posibilidad de pensar lo que sucede cuando las personas transitan por los grupos. Así, generamos un proceso de investigación que tuvo como punto de partida la cuestión de cómo cura un grupo. Luego, a partir de la interpelación de “la cura”, y en composición con la idea de clinamen, generamos la emergencia de otras preguntas principales: ¿Cómo se caracterizan los procesos de producción subjetiva que se dan en un espacio de clínica grupal?, ¿Cómo se aborda el sufrimiento en esos espacios? y ¿Cómo el tránsito por un espacio de clínica grupal habilita la transformación? Usamos para la investigación tanto los registros de los observadores de los grupos como entrevistas que realizamos a algunos participantes.

  1. Lo que emerge.

En referencia a la caracterización de los procesos de producción subjetiva que se dan en un espacio de clínica grupal, vimos en el aprendizaje uno de los ejes, corolario de la potencia que emerge de la tensión singular-colectivo: se compone un espacio-tiempo de aprendizaje en el cual los problemas propios se abordan en el encuentro con otros. Tales procesos se sostienen en un clima de escucha mutua, creación de acuerdos, confianza, compromiso, circulación de la palabra y respeto por “el tiempo del otro”. A su vez, la pertenencia grupal, y la posibilidad de resignificar la experiencia sostienen el despliegue de la tarea.

El acontecer de la situación grupal habilita el cuestionamiento de lo a priori “inmodificable” en la realidad de cada cual. Un clima de cooperación se sostiene dando lugar a lo contradictorio y lo paradójico; dicho clima se produce como herramienta que auxilia en para la gestación de nuevos posicionamientos ante el padecimiento.

Los participantes reconocen distintos “cambios de lugar” en el grupo así como nuevas formas de habitar el espacio. Tales nuevas formas tienen soporte en el lugar que tiene el otro para cada uno, lo que se vincula con la palabra hablada y su circulación. Detenerse en el decir del otro se presenta como habilitante de otros modos de pensar y decir lo propio.

Una de las líneas fuerza en relación con los procesos de producción subjetiva se efectúa en el movimiento -necesario- que se produce en los participantes, desde la fantasía inicial de una atención individual hacia la construcción de condiciones de posibilidad para habitar un grupo. Tal movimiento puede caracterizarse asimismo como el pasaje desde el temor hacia la pertenencia y la plasticidad: en el grupo se genera un espacio que propicia múltiples expresiones y posiciones, habilitador de posibles lugares desde dónde construir otros sentidos para sus vidas.

En relación con la pregunta acerca de cómo se aborda el sufrimiento, el encuadre se presenta como un borde que organiza el cuidado del espacio y de quienes lo componen. Asimismo el coordinador adquiere un rol de particular importancia, habilitando el despliegue de lo singular en el proceso grupal. Aparece como figura móvil, que se desplaza desde el lugar de autoridad al lugar del que autoriza; esa oscilación permite, dentro del encuadre, el mantenimiento de las condiciones que permiten la producción de nuevos sentidos, disponiendo a la palabra y su circulación. Se invisibiliza por momentos, y adquiere mayor rostridad en otros, promoviendo condiciones para la interrogación y la movilización.

Junto a la dimensión espacial insisten aspectos que hacen a la dimensión temporal. El tiempo transcurrido aparece como posibilitador de la emergencia de transformaciones. Partiendo del tiempo mensurable -Cronos- fundante del encuentro grupal, se produce un desplazamiento hacia el Aión o tiempo de la vida, que genera una heterogeneidad de tiempos: desde darse tiempo para pensar pasando por el uso del mismo asociado a la circulación de la palabra, hasta una dilatación del tiempo, donde los efectos de la experiencia trascienden las fronteras del espacio-tiempo semanal.

En referencia a la pregunta de cómo el dispositivo posibilita la transformación de las personas que en él participan, aparece como eje fundamental el cultivo de las diferencias; tiene vigencia la propuesta pichoniana acerca de que a mayor heterogeneidad entre los miembros de un grupo, mayor homogeneidad en la tarea, y se presenta como central en la posibilidad de producir movimientos y transformaciones.

Otro elemento relativo a la transformación se da en la necesidad de una afirmación de lo propio como resingularización; al mismo tiempo tal afirmación, en ocasiones, va en detrimento de lo común y la desestimación de lo diferente. Lo antedicho es manifestación de una resistencia cuando se promueve una ilusión de lo grupal unificado, sin lugar para la diferencia.

Asimismo se destacan los efectos de la palabra escuchada/escuchable; en tal sentido y dado que los efectos de un discurso son imposibles de predecir, los actores valoran la irrupción de enunciados que funcionan como acontecimientos y producen encuentros, los que a la vez muchas veces favorecen el despliegue de diversas potencias. En esta dirección, aquellos plantean la posibilidad de romper con la circularidad de los repertorios interpretativos incorporando modos de acción con versiones y posicionamientos diversos que le habiliten a vivir con cierto grado de libertad, que interrogan las producciones subjetivas -reproductoras y dominantes- y posibilitan la generación de modos de creación y invención.

  1. Re-politizando

Esta(s) experiencia(s), es decir la de coordinar un espacio de clínica grupal y la de investigar en la misma, significan un desafío permanente. Para empezar tenemos la pretensión de liberar-nos de cadenas causales (por ejemplo explicaciones deterministas), así como realizar un ejercicio crítico de lo instituido y alimentar experiencias de crisis. Buscando en la historia aquella fuerza propulsora que nos permite desviar de ella.

En ese sentido la necesidad de re-politizar las acciones, recuperando una posición crítica, se vuelve imperativa. Poner en cuestión los especialismos -nuestros-  y buscar estrategias eficaces contra el conservadurismo de las imágenes identitarias. En este caso lo más difícil es no quedarse cautivo de las formas que adopta el capitalismo en los espacios relacionales.

En el horizonte de lo in-anticipable, generar condiciones para abrirnos a lo que aún no somos. “Crear condiciones para una producción grupal conlleva siempre un efecto perturbador: lo que acontece nunca está prefigurado de antemano. No hay lectura anticipada de ese producto”. (Herrera y Percia, 1987, p. 12).

Al mismo tiempo, la preocupación es crear condiciones de posibilidad para la producción de un común. Común como proyecto, donde la potencia de los muchos hace posible, a través de las diferencias, que se puedan producir encuentros ilimitados; se trata de lo común como lo que se produce y no como lo que preexiste (Negri y Hardt, 2011).

Entendiendo esta clínica como una política, preguntarnos cuál política produce esa clínica, qué efectos de subjetividad instaura.

El tema de la vida asume una posición de destaque: apostamos a la fuerza de resistencia de la propia vida tornada obra de arte: hacemos énfasis en la estética de la existencia, en la instauración prácticas de sí y libertad (Guattari y Rolnik, 2005). La cuestión es entonces pensar en una clínica como resistencia a la sujeción, en la posibilidad de generar planos de producción colectivos, anónimos, impersonales, anómalos.

 

Bibliografía de referencia.

Baremblitt, G. (1997). A clínica como ela é.  Dez pontos para uma apresentaçao. En G. Baremblitt, M. Baggio, O. Saidón, A. Raggio, E. Losicer, M. Matrajt, J. Volnovich...A. Lancetti. Saúdelocura. A clínica como ela é. (pp. 5- 10) San Pablo: Hucitec.

De Brasi, J. (2013). Ensayo sobre el pensamiento sutil. Buenos Aires: La Cebra.

Guattari, F. (1990). Las tres ecologías. (Trad. J. Vázquez Pérez y U. Larraceleta).Valencia: Pre-textos.

Guattari, F. y Rolnik, S. (2005). Micropolíticas. Cartografías del deseo. (Trad. F. Gómez). Buenos Aires: Tinta Limón.

Herrera, L. y Percia, M. (1987). Prólogo. (Logos en pro de lo grupal): En E. Pavlovsky (Coord.). Lo grupal 5. Buenos Aires: Búsqueda.

Negri, T. y Hardt, M. (2011). Commonwealth. El proyecto de una revolución del común. (Trad. Raúl Sánchez Cedillo). Madrid: Akal.

Percia, M. (2017). estancias en común. Buenos Aires: La Cebra.

Rodríguez Nebot, J. (2004). Clínica móvil: el socioanálisis y la red. Montevideo: Psicolibros- Narciso.

Spinoza, B. (1980). Ética: demostrada según el orden geométrico. (Trad. Vidal Peña). Madrid: Edit. Orbis. Hyspamérica. (Trabajo original publicado en 1677).